Los seis grados de separación

 

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Si hay un tema que últimamente me está persiguiendo en charlas varias, es la teoría de los seis grados de separación; esa teoría de que todas las personas estamos a seis personas de distancia de cualquiera en el mundo. Parece alucinante pensar que estamos tan cerca (a veces incluso más de lo que pensamos) de nuestros ídolos, pero también me hace caer en la cuenta de que somos más responsables de lo que pasa en el mundo de lo que queremos asumir. Si abrimos los ojos estamos mucho más cerca del poder, el sufrimiento, e la alegría, la esperanza y la destrucción aberrante, aquella que parecía dejada para un momento oscuro de la historia. Está en nosotros elegir si usamos ese poder y cómo, si humanizamos esos vínculos y llenamos el espacio que nos separa de cercanía o si inventamos muros imaginarios para no involucrarnos. Al final, estamos tan cerca que todo nos termina afectando de las maneras más impensadas.

Hace unos días leí un artículo que varias compañías de alimentos que consumimos a diario obtienen su materia prima de niños que viven en condiciones de esclavitud moderna. Las condiciones en las que se produce mucha de la ropa que compramos (a precio más que conveniente) no son mucho mejores. Ni que hablar del daño ambiental que genera. Podría seguir citando ejemplos de como muchas de nuestras acciones cotidianas afectan a miles de personas en los rincones más insólitos del planeta, para mal o para bien. A veces es más cómodo seguir como si nada que caer en la cuenta de cuantos horrores somos cómplices, horrores que de alguna forma nos afectan. No alcanzan las palabras para explicar todo lo que nos perdemos cada vez que una persona queda al margen, pero tampoco somos conscientes de todo lo que ganamos cada vez que le damos a alguien la oportunidad de dar lo mejor que sí.

La solución no está en declararle la guerra al consumismo, ni en poner el foco sólo en el consumo. Pero sí en humanizar nuestras relaciones con el mundo. En poner a las personas siempre primero en todo lo que hacemos y acordarnos que detrás de todo lo que hacemos hay personas. En reconocer que tenemos poder, ya sea como consumidores, ciudadanos o integrantes de organizaciones. Que con un poco de creatividad (y a veces ni siquiera tanto) podemos llegar a los lugares de toma de decisiones, proponer y exigir soluciones, o convertirnos en protagonistas del cambio que necesitamos.

El mundo es demasiado redondo, todo lo que hacemos nos termina volviendo de maneras inesperadas. Cuando ponemos a las personas primero, ganamos todos.

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